
De tanto en tanto, en un intento por ganarnos el cielo, los hombres tenemos la loca ocurrencia del ir al mercado a hacer las compras sólos, sin compañía femenina y la verdad, salvo algunos casos puntuales, no estamos hechos para manejar semejante empresa.
Cuando llegamos, lo primero que hacemos por obvias razones es agarrar un changuito y con ésto empieza nuestro boludeo supermercadista. Tomamos el chango con las dos manos, los brazos bien estirados, fruncimos el seño y lo sacamos arando, lo hacemos derrapar en las esquinas de las góndolas, pasamos entre los otros changos con el mínimo espacio posible haciéndo chispear el metal y hasta nos animamos a pisar a esas viejas que van delante nuestro caracoleando. O sea, con el changuito hacemos todo lo que no nos animamos a hacer con nuestro auto en lo que a maniobras se refiere y de paso nos damos el gusto de atropellar a alguien sin terminar esposado en un patrullero.
Después de aburrirnos de jugar a los kartings con los changuitos, nos ponemos a comprar, o algo parecido.
La lucha diaria por hacernos ver como los machos más machos de todos nos prohibe llevar una lista de los productos que hay que comprar. Todos saben que si hay una lista en manos de un hombre, fue escrita por una mujer y la imagen que hay que dar es la de "Yo compro lo que quiero y nadie me dice en qué gastar mi plata".
Para eso, antes de salir de casa tratamos de memorizar el famoso listado y ni tengo que decir que es en vano porque cuando terminamos de poner en marcha el auto para ir al super, ya no nos acordamos ni como nos llamamos.
Por todo ésto, con el chango siempre en mano, empezamos a dar vueltas como si se nos hubiera roto la brújula tratando de recordar qué era lo que habíamos venido a comprar y no sólo no lo recordamos sino que nuestra cabeza nos convence de que eran otras cosas. Por ejemplo, si pasamos por la seccion congelados y lo que teníamos que comprar era una bolsa de chauchas freezadas, nuestro cerebro nos dice una y otra vez "Pizza y helado, pizza y helado" y lógicamente compramos cinco Sibaritas con jamón y un balde de cinco kilos de helado Frigor. Así hacemos con cada uno de los artículos originales, los reemplazamos por la versión masculina y llenamos nuestro chango.
Con el changuito lleno de cosas que no teníamos que comprar, lo siguiente es ir a pagar. Las mujeres tienen un sexto sentido que les indica cuál es la caja en la que la cola se mueve con mayor rapidez, que no siempre es la que tiene la menor cantidad de gente. Nosotros, en cambio, no la pegamos nunca y aparte de embolarnos, vemos como nuestra pizza y nuestro helado se empiezan a descongelar, lo que nos hace disparar la presión.
Ya recuperados del desmayo producto de ver nuestros tesoros perder su cadena de frío, nos toca pagar para poder volver a casa.
Finalmente, después de abonar, vamos hasta el lugar donde dejamos nuestro auto, disponemos toda la mercadería en el baúl y antes de partir, volvemos a agarrar el chango con ambas manos, fruncimos el seño, dibujamos una sonrisa de oreja a oreja y arremetemos contra los demas changuitos que están estacionados haciendo ruido de choque con nuestra boca.
Ahora sí, ya estamos listos para volver a casa.
¿Vieron? No servimos para ir al super.
Luispa.
